Bacterias

Por Ana vor Rebeur

Era la mañana del 24 de Diciembre. Una fecha que a la mayoría de la gente le alegra pensando en comida rica y regalos bajo el arbolito de Navidad. La abuela Amelia, en cambio, estaba triste. Si hijos le habían dicho que iban a vender la casa grande, y que ella tendría que mudarse a algo más chico. “Si vivís sola, ¿ para que querés una casa tan grande, mamá ?” , le dijeron .
Llegó el día de la mudanza, y sus hijos la llevaron a la casa nueva: una cosita chiquita y vieja en un barrio tranquilo y chato. Cuando ella vio la casa, le pareció que era de juguete, al lado de la suya. Tenía dos dormitorios, un escritorio, y un living chiquito. Lindero al escritorio, tenía un patiecito como para colgar la ropa. Y la cocina daba a un jardincito con parrillita. Ja, como si ella pudiera ponerse a hacer asado.
No se imaginó viviendo allá. El barrio era demasiado tranquilo.Ni siquiera tenía un centro comercial .La convencieron diciéndole que la vuelta tenía almacén, mercería y carnicería, y que enfrente tenia una remisería para ir adonde quisiera. No tenía adonde ir.
Pero no dijo más nada. Ya estaba cansada de todo.
El ranchito era feísimo. Ernesto, su hijo mayor, le había prometido que lo pintaría, y Elena le dijo que le pondría cortinas nuevas antes de la mudanza.
Pero estaba tal cual como ella lo había visto el primer día en que fueron con el empleado de la inmobiliaria. Había polvo y cucarachas muertas panza arriba por todas partes. Las cajas de la mudanza estaban sin abrir, cubriendo todo el suelo. Sólo habían acomodado los muebles en el lugar que ella indicó, seguramente para evitar que se rompiera un hueso corriendo sillones. Todo lo demás estaba como recién bajado del camión de la mudanza. Elena le había dicho que después la ayudaba a guardar las cosas, pero no apareció.
De pronto se dio cuenta de que había sido una desgracia haberse llevado tan bien con su marido. Eran tan apegados el uno al otro, tan amigotes, que se bastaban el uno al otro. Ninguno de los dos necesitaba amistades de afuera. Se habían aislado demasiado. Y ahora ella no tenía ninguna amiga a quien pedirle ayuda sin pasar vergüenza. Así que no tuvo más remedio que arreglárselas sola.

Poco a poco, día tras día, fue abriendo una caja tras otra a hasta terminar de acomodar todo en alacenas, aparadores y placards. Empezó a darse cuenta de que el ranchito, en verdad, era una linda casita sólida, con buena luz, y que con una mano de pintura de un color alegre quedaría bastante acogedora.
Amelia armó en el escritorio una especie de cuartito de tejido, a espaldas de las espantosas cortinas verdes a lunares rojos. La tele la puso en el dormitorio. En el living ni entraba, porque el sofá y los sillones ocupaban todo.
Lo que la tenía más entretenida era el jardín. Plantó la bignonia traída de la casa grande, que rápidamente se apropió de la pared y empezó a largar capullos rosados que atraían a los colibríes, como si nunca la hubieran mudado de barrio. “Que suerte tienen las plantas, que no extrañan” , pensó Amelia.
El jardín estaba quedando lindo, pero las paredes seguían desastrosas.
Sus hijos no la visitaban. Una sola vez pasó Elena con los tres nietos. Acostumbrados como estaban a la casa grande, en la casa chica hicieron tanto ruido que ella acabó agotada. Se lo dijo a Elena, y enseguida se arrepintió, porque Elena le dijo “Está bien, no los traigo más”. Y no volvió.
Pasaban los meses y ella se sentía cada vez más sola y encerrada Se estaba convirtiendo en una de esas viejas que miran la tele todo el día, y la ponen cada vez más fuerte porque se están quedando sordas de tanto escuchar la tele a todo volumen. Y no le gustaba convertirse en eso. Pero ésa era su vida.

Un día, al volver de la carnicería vio a un grupo de adolescentes paradas en la puerta de su casa, señalando la chimenea. Pensó que tal vez había un gato o una comadreja en el techo. Cuando se acercó y sacó la llave, ellas se fueron. Amelia se quedó mirando el techo en puntas de pie, pero no vio nada extraño.
A la semana siguiente vio a cuatro chicas y un chico parados en la puerta de su casa. Pensó que serian evangelistas o testigos de Jehová, de esos que te entregan revistas religiosas o te quieren vender Biblias. Pero apenas la vieron salir, se fueron. Ni siquiera le dejaron la revista Atalaya.
Cuando volvió de cobrar la jubilación el jueves a la mañana, Amelia volvió a ver a un grupo de tres jóvenes admirando su casa como si fuera una maravilla arquitectónica. Dijeron “Hola” al verla entrar y se quedaron sentados en su vereda. Ella pensó que serian sobrinos de la vecina de al lado. Al rato no estaban más.
El viernes a la tarde, ella se levantó de la cama para hacerse unos mates. De pronto sintió risas en la puerta. Pensó que venían de la tele, pero en al tele había un tipo hablando de fútbol. Se acercó la ventana de enfrente, corrió la vieja cortina a lunares, y vio a otro grupo, esta vez de cuatro chicas y dos chicos, sacando fotos del frente de su casa. Algo raro estaba pasando. No esperó más, y llamó a Ernesto.

– Ernesto, habla tu madre. Decime la verdad… ¿Vos me vas a echar de esta casa?
– ¿Qué decís mamá? – preguntó su hijo, sorprendido.
– Pregunto si la vas a vender.
– Mamá…la acabamos de comprar. Es tu casa, ¿Cómo la voy a vender?
– Me pareció.
– ¿Por qué te pareció?
– Porque vienen unos chicos todos los días a mirarla, y hoy hasta le sacaron fotos.
– Mamá, ¿No estarás alucinando?
– Los vi, de verdad. Vienen siempre.
– Son ideas tuyas….
– ¡No! Estaban sacando fotos de la casa , te digo.
– Tendrás una cigüeña en el techo… ¿ Te fijaste?
– No tengo nada en el techo, y le están sacando fotos.
– Bueno, ma…¿ y yo qué tengo que ver con eso?
– ¿Y qué tengo que ver yo?
– No sé..¿qué querés que haga?
– ¿No te parece raro?
– Bueno, si te molesta, llama a la policía. O a un psiquiatra. Capaz que es por el cambio. Con la mudanza, uno ve cosas distintas. ..
– ¿Creés que estoy loca?
– No dije eso. Digo que tenés que habituarte a los nuevos movimientos y costumbres de un nuevo barrio. Y en ese barrio la gente es de caminar, mirar casas…
– No, no caminan. Se paran en la puerta de esta casa a mirarla fijo o a sacarle fotos. sólo en la puerta de mi casa.
– Estas paranoica, mami.
– No es paranoia. Es lo que pasa.
– Mamá, ya se te va a pasar. Estás durmiendo poco, como siempre. Alimentate y acostate temprano. Cualquier cosa, si esto sigue, me avisás y pido turno con el doctor Pascual.

Ella cortó, indignada.
¿Como iba a llamar a la policía? ¿Qué les iba a decir? ¿ “Unos quinceañeros le están sacando fotos a mi casa”? ¿Será legal sacar fotos a casas ajenas?
Ella recordó que casi todos eran chicos en edad escolar. Tal vez no había que alarmarse. Capaz que estaban haciendo un trabajo para el colegio, de la arquitectura barrial de los años ´40 .Tal vez fueran estudiantes de arquitectura. Tal vez le estuvieran sacando fotos a todas las casas del vecindario. “Tal vez”no: ojalá.

Al día siguiente, en la carnicería, le preguntó al carnicero:

– José, le voy a hacer una pregunta rara… ¿ A usted le sacan fotos de su casa?
– No entiendo- dijo el.
– ¿Se para alguien en la puerta de su casa y le saca una foto a su casa?
– Supongo que si mi suegra sale a la vereda en bikini, sí – rió el hombre
– Ja , muy gracioso- dijo ella
– Disculpe la grosería, doña. No, la verdad que nadie le saca fotos a mi casa. Le falta pintura para que hagan eso…. ¿por qué pregunta?
– ¿Nadie le dijo si hay chicos sacando fotos de casas?
– No…¿ Está bien así, de carne picada?

Fin del tema.
Nadie hablaba de chicos sacando fotos en el barrio. Se hablaba de los inadaptados que dejabaque sus perros hagan sus necesidades en las veredas, de las raíces de los árboles que estaban levantando las baldosas, y de los pibes que compraban golosinas en el kiosko tiraban las envolturas en los jardines. Nada más.
Una tarde en la que estaba en la cocina poniendo agua para el té y escuchando el noticiero en la radio, le tocaron el timbre. “¿Quien será?”, pensó ella. Demasiado tarde para el cartero y demasiado temprano un hijo. Además, los hijos la llamaban antes de venir. Por eso no la llamaban nunca.
Corrió apenas la horrenda cortina a lunares del frente y vio a un grupo de chicos como de dieciséis o diecisiete años, observando la puerta, muy serias . No estaban señalando la casa, ni sacando fotos. Pero miraban fijo a la puerta. “¿La abuela de alguna de ellas habrá muerto acá?” , pensó Amelia. Pero no podía ser, porque los chicos eran siempre diferentes. No podían ser todos nietos de la misma abuela. Ninguna abuela tiene sesenta nietos adolescentes. En eso vio que todo se iban.
“Menos mal, así se dejan de molestar”, pensó ella.
Pero en lugar de aliviarse, sintió una incomoda frustración.

Al día siguiente la visitó Elena a la hora del té. Abrió la puerta con su propia llave y fue directo a la cocina.
-¿Que hacen esos chicos allá afuera?- preguntó Elena, mientras abría un paquete con facturas y las acomodaba en un plato con cuidado, mientras se chupaba el dulce de leche de los dedos
– ¿Qué chicos?- fingió Amelia.
– Cuando estaba por entrar, vi un grupo de chicas y de chicos mirando la casa. Creo que le estaban sacando fotos. Cuando me vieron entrar, cruzaron a la vereda de enfrente.
– Me alegro de que lo hayas visto con tus propios ojos. Le conté a Enrique y cree que estoy loca. – suspiró Amelia, dejándose caer pesadamente en la silla de la cocina.
– Claro que los vi . ¿Y porque Enrique cree que estás loca?
– Le dije que hay chicos sacando fotos de la casa, y me dijo que estoy delirando, y que me va a llevar al doctor Pascual.
-¿Así que los viste otras veces?
– Los veo casi todos los dias.
– ¿Y por qué no les preguntás por qué lo hacen?
Amelia se quedo helada ante la obviedad. No sabía por qué no les había preguntado. O sí sabía.
– No sé. Supongo que es porque si estuviera Roberto, preguntaría él.
– Mamá- dijo Elena, acomodando el plato en el centro de la mesa – Papá murió y vas a tener que empezar a hacer cosas que hacía él. Como hablar con la gente.
– No me animo. Son muchos, siempre en grupo. ¿Y si son patoteros?
– Ay, mamá, preguntar no es nada malo. Es tu casa, y es obvio que te llame la atención que le saquen fotos. Y no parecen chicos malos. Son pibes de secundaria.
-Pero viste lo groseros que son … “Boludo de acá, boludo de allá …”
– Ay , mamá…¡ no te van a insultar porque preguntes por qué le sacan fotos a tu casa!
– No sé. No entiendo los códigos juveniles. Ni siquiera puedo comunicarme con mis nietos. Si por lo menos vinieran a verme, aprendería.
– No los invitás.
– Se la pasan visitando a las otras abuelas.
– Ganales de mano a las otras abuelas. Invitalos vos primero.

Amelia pensó que no le daba la cara para invitar a sus nietos a una casa tan fea.

– Cuando la casa esté pintada, los invito- respondió.

Al salir a despedir a Elena, vio un par de chicos que se sobresaltaron al verlas salir. Elena se les acercó :

– ¡ Ey! ¡Ustedes!¡ Paren! – gritó Elena.
Pero los chicos desaparecieron en la esquina.
– ¿ Me habrán robado algo? – pregunto Amelia , asustada
Elena miró la casa…
– Creo que no le falta nada.
– Sí que falta.- dijo Amelia – Le falta pintura.Y cortinas nuevas.
Elena suspiró y puso los ojos en blanco.
– ¿ Otra vez con eso? Ya te prometí que la vamos a pintar. Tengo que arreglar con Ernesto para que mande a su pintor de confianza. Yo compro la pintura. Te juro que va a ser pronto. Vos andá pensando el color. Pero no me lo pidas ya. Porque con el tema de que los chicos empezaron la escuela y todo, ando a las corridas y no tengo un minuto libre…
– Esta bien , hija, entiendo. La vieja está para lo último, ¿ no?
– Viejos son los trapos.
– Si. Los trapos verdes con lunares rojos que cuelgan en las ventanas , ¿ los viste?¡Me dan dolor de cabeza de lo feos que son!
– Te voy a traer cortinas nuevas, mamá. Prometido.

Elena le dio un beso, subió al auto y se fue. Antes de cerrar la puerta de casa, Amelia vio unos chicos en la vereda de enfrente, medio escondidos detrás de la morera, sacándole fotos a su casa. Juntó coraje, y les gritó, decidida:

– ¿ Qué están haciendo?

Todos pegaron un respingo de susto, se empujaron unos a otros y entre risotadas corrieron hasta desaparecer, ellos también, en la esquina, sin mirar atrás.

Ese domingo se le había pasado volando. Como todos los días. Sola, dolorida, aburrida, cansada, sin nadie que la llamara ni viniera a visitarla. Sólo charlaba un poco con la peluquera, con la vecina de enfrente – la de al lado no, porque dejaba que su perro le ensucie la vereda – y con el carnicero José.
La soledad le pesaba por más que el dolor de huesos. Pensaba en empezar a llamar a sus pocas viejas amigas. Pero no lo haría antes de que sus hijos le pintaran la casa. No quería verlas compadecerse de ella, que había pasado de una hermosa casa a este ranchito, por quedar viuda. “Tal vez muero antes de que pinten esto” , se dijo . Ni siquiera había podido seguir tejiendo el chalequito para su nueva nieta. En la mercería le dijeron que ya no se usa el rosa bebé para las nenas. Ahora las recién nacidas usan lila, fucsia, turquesa , verde manzana . Si empezaba a tejer uno nuevo desde cero, para cuando lo terminara, a la nena ya no le entraría. Ese día no había tenido ganas ni de cocinar. Almorzó un té. Estaba lavando la taza, cuando sintió risas en la vereda. Espió por la ventana y vio un grupo de chicas señalando el techo, la puerta, las ventanas, y las plantas. Otra vez lo mismo, y justo hoy no tenia fuerzas ni ganas de enfrentar a nadie . Pero recordó el consejo de Elena. Y se dijo “No puedo seguir sin saber qué pasa”.
Se acercó a la puerta y puso la mano en el picaporte. “No, no me animo. ¿Y si me burlan o me insultan?”, pensó. En ese preciso momento sintió que sonaba el timbre de la calle, y pegó un respingo del susto. Miró por la mirilla para ver si era otra persona. Pero no, las chicas seguían ahí. Otro timbrazo sonó, insistente.
“Estas caraduras se animan a tocar el timbre”, dijo. Y abrió. Para encontrarse con unas muchachas muy jóvenes que la miraban sonrientes y ansiosas.

– Disculpe, señora. Me llamo Leticia. Vivo acá cerca, y mis amigas y yo queremos saber si nos permite conocer su casa por dentro, sólo un minutito.

La chica lo dijo todo de un tirón como si hubiera ensayado mil veces la frase con sus amigas.

– No chicas, es una casa privada. ¿Por qué quieren conocerla?
– Es que acá vivieron los hermanos Obarrio, que son nuestros ídolos – dijo Leticia.

Las de atrás asintieron con un murmullo:
– Siiii….
Leticia agregó:
– ¿Los conoce? Son los líderes de bacterias.
Amelia la miró extrañada:
– ¿Están enfermos?
Las chicas estallaron en sonoras carcajadas.
– ¡No, señora, son los líderes de “Bacterias”, la banda de rock! – dijo la primera.
– ¿Cómo dijiste que se llaman los hermanos? – preguntó Amelia.
– Obarrio- dijeron todas al unísono.

“ Obarrio” , intentó recordar Amelia . ¿No era Obarrio el nombre de esa pareja que le había vendido la casa?

– Entiendo, chicas – dijo Amelia, sin soltar el picaporte- Pero los Obarrio ya no viven más acá …
– Ya sabemos- dijo una rubia.
– ¡Pero vivieron! – dijo una pelirroja de rulos, desde atrás. Leticia la calló de un codazo.
– Lo sabemos, señora, pero lo importante es saber que Edu y Mauri Obarrio estuvieron en esta casa.
– ¡Claro! – dijeron las amigas.
– ¡Y la extrañan mucho! – dijo otra vez la colorada.
– Si, muchas letras de sus temas hablan de esta casa….¿ No nos dejaría pasar un minutito?
– Por favor, señora…- suplicó la rubia.
– Sea buena…- dijo la pelirroja.
– Entramos y salimos, se lo juro. Es un segundo.- insistió Leticia.
Amelia se quedó observándolas, perpleja.
– No entiendo…¿Qué quieren hacer? ¿Sólo mirar?
– Si, sólo mirar…
– ¿Van a sacar fotos?
– ¿Nos dejaría? – dijo una morochita- ¡Qué divina!
– No- dijo Amelia, por las dudas.
– No importa, no sacamos… ¿Podemos ver?
– Déjenme pensarlo, chicas – dijo Amelia.- Voy a consultarlo con mi marido.
– Si, si. Pregúntele. Nosotras esperamos acá.
Amelia cerró la puerta. Eran sólo siete chicas. Parecían buenitas. Toda la historia parecía muy rebuscada como para ser un cuento chino para entrar a robarle. Tenía sentido que todos se pararan a sacar fotos de su casa, si ese grupo de rock era tan famoso. Era cierto que los Obarrio habían vivido ahí.

– ¿ Qué hago Roberto, las dejo pasar?- preguntó con una voz que hizo eco en el Más Allá

Y le pareció que Roberto le diría “Son nenas, Amelia…Dejalas” .
Amelia abrió la puerta lentamente.
Y las vio a todas de rodillas en el piso, con las manos entrelazadas, rogándole como a la Virgen María :

– ¿ Y? ¿Nos deja?
– ¡ Chicas , levántense del piso! Está bien. Pasen – les respondió- ¡ Pero cinco minutos! ¿ Eh?

Las siete se abrazaron, saltaron juntas y entraron en tropel, agitadas, llenándola de besos y abrazos, diciendo “gracias, gracias, qué buena es, qué amable, mil veces gracias”.

Entraron al living y se quedaron mudas,mirando todo asombradas, como quien entra a una catedral. “Falta que se persignen” , pensó Amelia.

– -Ahhhhh…..Ahhhhhh…¡Era así!

La pelirroja preguntó a Leticia:

– ¿Te la imaginabas así?
– Siiiiii…Tal cual.
– Miraaaaaá esa ventana. Da al pino….
– ¡ Siiiiii!
– “El pino que llena mi ventana / que sigue siempre verde aún en invierno…”- corearon todas, emocionadas.

Leticia miró a Amelia, que seguía helada contra la puerta y le dijo:
– ¿En verdad sigue siempre verde, aún en invierno?
– No lo sé. Me acabo de mudar. Todavía no viví el invierno acá. Pero los pinos suelen ser verdes todo el año.
– Claro… – dijo Leticia, pensativa.
– ¿Podemos ver la pieza de Edu y Mauri?- preguntó la rubia.
– ¿Y qué sé yo cuál es la pieza de Edu y Mauri?- se sinceró Amelia
– ¡ Nosotras sí sabemos! – dijeron todas y corrieron juntas directo al cuarto de tejido.
– No…ése es el escritorio- dijo Amelia acercándose al grupo, con un poco de miedo de que le tocaran sus cosas.
– ¡No, era la habitación de ellos!- dijo la rubia
– No entran dos camas.- dijo Amelia
– Pero sí cuchetas.
– La habitación es la de atrás – dijo Amelia.
– No. Acá dormían. En la del medio ensayaban. – insistió la rubia.
– ¿ Junto al dormitorio de los padres? –preguntó incrédula la dueña de casa.
– Si para que no saliera tanto ruido a la calle.
– ¿ Y qué clase música hacían?- inquirió Amelia.
– ¡ Hacen! – corrigió Leticia- ¡Música celestial!

Amelia miraba estupefacta a las chicas acariciando las sucias paredes y revisándolas como arqueólogas buscando señales ocultas en las grietas de la vieja pintura.

– ¿Podemos abrir los placards?- preguntó Leticia.
– ¿ Para qué?- preguntó Amelia, alarmada
– Para ver algo que dejaron ellos. .
– Ahí no dejaron nada . Sólo hay toallas y sábanas mías .
– Pero hay algo que no se pudieron llevar. – dijo Leticia, misteriosa.

Amelia trató de recordar si había visto una caja fuerte. No, no había nada, salvo que estuviera escondido bajo el parquet. Pero qué podían saber esas nenas. Supuso que cuanto antes se sintieran satisfechas, antes se irían.

– Bueno, abran. ¡Pero no toquen nada!

Los dedos de Leticia se posaron sobre la puerta blanca del placard como quien esta a punto de abrir un alhajero. Las demás contuvieron el aliento, expectantes.

– ¿Lo abro?- preguntó la chica, sádicamente
– ¡ Si, dale, no nos hagas sufrir ! – gimieron todas.

Leticia abrió lentamente el placard de las toallas, sin que Amelia pudiera imaginar qué podría tener de interesante. Todas metieron el cogote adentro y lanzaron un largo “ Ahhhhhh!”

– ¡Acá , en la puerta está escrito clarito “ Edu es el mejor”!
– Y ahí, detrás del estante… fijate si esta lo de Mauri …
– ¡ Si, está! ¡”Aquí pasamos los días más felices de nuestra vida. M y E “! ¡ Lo escribieron antes de irse!
– ¡ Y en la puerta hay un pedacito de “ Sonrisa de sol”, tal como dijeron en la entrevista!
– ¡ Leélo en voz alta, Caro!
– “ Sonrisa de sol / regalame un rayo de tu luz / que le dé calor / a mi tiempo helado…” – leyó la chica pecosa de flequillo, con la nariz pegada a la pared interior del placard .
– “ …todo dolor / es ya pasado / ya no debo cargar esa cruz / y por fin, con tu amor/ tengo mi propio sol privaaaaado”…- corearon todas con alegre melodía pegadiza
– Me muero de emoción…¡Estamos pisando el mismo piso que pisaron ellos!
– ¡ Y estamos tocando sus paredes!

De pronto, la chica de pelo enrulado gritó señalando las cortinas, y tapandose la boca con las dos manos .
“¡Oh, no!”, pensó Amelia, “Hasta ella se dio cuenta de lo feas que son…¡Yo sabía que acá no tenia que entrar nadie hasta que Elena las cambie!”

– Disculpen, chicas. Sé que son un espanto, pero no pude cambiarlas – dijo Amelia, poniéndose colorada.
– ¡ Son las mismas! – dijo la de los rulos.

Se acercó, tomó la cortina en sus manos y la besó. Las otras también se acercaron con devoción y besaron las cortinas cerrando los ojos, como si fuera un peluche nuevo. Balanceándose abrazadas a la cortina cantaron a coro algo así como “cortinas verdes musgo, verde hierba / lunares rojo sol, rojo manzana…”.
Dos de ellas estaban tan conmovidas que empezaron a llorar.

– ¡Esto es muy fuerte!- dijo una de las mas emocionadas- Gracias, señora.
– ¡Gracias, de verdad!- dijo la colorada.
– Disculpe la emoción – dijo la rubia.
– No abusemos de la paciencia de la señora, chicas – dijo Leticia – Gracias por habernos dado tanta felicidad. No la molestamos más
– Pero Leti …- dijo la rubia – ¿ No vamos a ver el jardín? “Mi limonero te espera/ con sus ramas abiertas/ como yo….”
– ¿ Y el patio? – dijo la de flequillo – “ Salté de baldosa en baldosa, sin pisar jamás la raya”
– ¿ Y las fotos ? ¿ No vamos a sacar fotos? – preguntó al colorada .
– No chicas, ya está bien –dijo Leticia – Ya entramos y vimos. Ya está.
– ¿Podemos volver otro día? – preguntó una bajita, de ojos claros, que hasta entonces no había hablado.

Amelia miró esos ojitos suplicantes, aún con lágrimas en las pestañas. Pensó que todas tenían la edad de Gaby. A ella no le hubiera gustado que una vieja loca y solitaria le dijera que no a su nieta Gaby .

– Vuelvan cuando quieran.

Todas le saltaron encima llenándola de besos, abrazos y cariñosos estrujones, algunos bastante dolorosos. Le dijeron que volverían con regalos.
– ¡Dígale gracias a su esposo!- dijo la rubiecita al salir

Y ,al cerrar la puerta, Amelia murmuró para sí : “ Gracias, Roberto”.

Al día siguiente le trajeron flores, bombones, mermelada casera que hacía una de ellas y un chal precioso que otra había tejido en telar. Quien se conmovió esta vez fue Amelia, que recibió todo con lágrimas en los ojos. Y para devolver tanta cortesía, les permitió sacar fotos de la casa.
Lo que no sabía era que la noticia de que se podía entrar a su casa había corrido como reguero de pólvora. Inevitablemente, vinieron las visitas. Todos eran chicos buenos, tranquilos, del vecindario. Muchos de ellos venían con remeras del grupo Bacterias. Pensó que sería injusto dejar pasar a unos y otros no. Así que los dejó pasar a todos.
Luego empezaron a venir de otros barrios. Algunos hacían viajes de dos o tres horas para ver su casa. Uno le traía huevos de su gallinero en La Matanza. Otro, limones. Y otro traía poemas que escribía él. Una tarde vinieron dos con una guitarra a tocar temas de Bacteria en el jardín. Un chico muy tierno era Marcos, que venía desde La Plata y se ofreció a cortarle el pasto del fondo todas las semanas. Pero los padres no lo dejaron venir más, porque decían que por visitar a la abuela dejaba de estudiar. Lo extrañó mucho cuando dejó de ir.
Una chica le regaló un canario y otra le regaló un póster de las Bacterias porque dijo que las paredes estaban muy vacías. Los del barrio venían todos los días. Amelia se hartó de atender el timbre cada cinco minutos y dejó la puerta abierta para que los chicos entraran y salieran cuando quisieran. La mayoría venía para sacarse fotos sosteniendo las cortinas verdes a lunares rojos como si fuera un trofeo. La únicas tres condiciones que ella ponía para poder ver la casa de adentro eran: limpiar el baño después de usarlo – los grandulones meaban afuera del inodoro-, no abrir la heladera y cerrar la puerta al salir el último, a las siete de la tarde.
A las únicas que les permitía que hicieran lo que quisieran era a Leticia, Carola, Melina, Mabel, Luli , Flor y Jackie, las atrevidas de la primera vez. Hasta las dejaba cocinar, mirar la tele, y quedarse hasta tarde escuchando a todo volumen los discos de Bacterias. Las chicas se las ingeniaron para estrenarle la parrilla haciendo un delicioso asadito.
Amelia ya se sabía todas las letras de los temas de Bacterias, y las chicas le habían grabado, muertas de risa, un cassette titulado “Amelia y las Bacterias”. Melina le hacía las compras si estaba muy cansada, Jackie le traía revistas de su casa y Mabel se daba mañana para cortarle el pasto y regar el retoño del sauce que ya tenía brotes nuevos. Flor y Leticia estaban aprendiendo a tejer tan bien que se estaban acabando sus propios pulóveres bajo la guía de Amelia. Sus compañeros las envidiaban por esa suerte de pase libre a la casa de los Obarrio. Las chicas a veces le traían a algún invitado especial que se emocionaba tanto como ellas de entrar en esa casa. Todo eran “Ahhh” , “Ohhhh” y “No lo puedo creer” con cada nuevo visitante que recorría la casa . Las chicas estaban muy agradecidas. Se habían hecho muy populares con las primeras fotos del placard de las toallas, que hasta había salido fotografiado en una revista de rock.
Para fin de año ya estaba peleándose por quién de ellas llevaría a Amelia a pasar Nochebuena a su casa. Todas querían tener ese honor. Para que no se pusieran celosas, Amelia, optó por no ir a la casa de ninguna e invitarla a todas a que se reunieran en su casa después de medianoche. Total, todas vivían muy cerca.
Amelia pasó la mejor Nochebuena sin Roberto que jamás hubiera podido imaginar. A los hijos les dijo que se irñia a dormí temprano. Pero la verdad era que prefería pasarla con las chicas . Amelia hizo pan dulce casero y las chicas trajeron helado que regaron con salsa de chocolate para todas. Y se quedaron charlando con Amelia en el jardín, de cosas de mujeres, mirando los fuegos artificiales y luego las estrellas. Hasta planearon llevarla un día a Amelia a ver un show de Bacterias en vivo en un estadio de fútbol.
El 25 de diciembre Amelia se despertó con los trinos del canario. Le sorprendió ver tantas chicas roncando en las reposeras, a su alrededor, en el jardín bañado por la luz rosada del amanecer. Estaba un poco fresco, así que entró a la casa y volvió mantas, con las que las tapó amorosamente a cada una de las chicas.
El único problema que tenía ahora Amelia era que sus hijos no entendían por qué, de pronto, Amelia se negara a que le pintaran las paredes y las puertas. Tampoco quería que le cambiaran las espantosas cortinas.
Ella prefirió que creyeran que se trataba de demencia senil.

– Mamá, estás mal. No podés vivir así, dentro de esas paredes mugrientas, te estas deprimiendo….
– No te preocupes, Elena. – respondió ella, sonriente – Me están gustando las bacterias.

Ana von Reboir

Datos personales

Ana von Rebeur Escritora, periodista y humorista gráfica, autora de libros de humor, investigación, cuentos, ensayos y cosas que nos desvelan.

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