Cuentos para impacientes – Cadáver exquisito

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Raúl Valle

Desde la ventana del tren los veo, están sentados en el andén de Villa Urquiza.  No son muy altos, sus ojos ya no brillan, sus cuerpos son gordos, morenos, ahora se hacen tatuajes, y se cortan el pelo como la policía, no hay mujeres, tampoco hombres de piel blanca, todos cargan bultos.

A uno se le cayó una sevillana pequeña, disimuló atarse los cordones de sus Adidas y la levantó.

Ellos no me ven, mi vidrio tiene una propaganda por fuera que lo impide. El andén esta sucio. El tren también está sucio y hay olor a sangre y vómito.

Cae nieve hace cuatro años. La cancha de River es unas de torres de control. 

Otro vendedor ambulante del tren grita que vende chocolates, pastillas de menta, lo repite varias veces. Se va hablando por el pasillo y vuelve, deja la mercadería en los asientos vacíos y repite que todo es dos por uno o cinco por tres.

Alguien escribió con sangre un nombre en el piso.

Es flaco, el pelo negro, no tiene ganas de vivir, pero trabaja, no termina al hablar en las oraciones finales. Otro lo mira, esperando que termine, está al fondo del vagón. Ahora hay cámaras dentro del vagón, son blancas y están en las esquinas derechas de todos los vagones.

 Es menor de edad, se ríe porque dice que  afana cualquiera, y a cualquiera le espera. Robaba en Saavedra donde el comisario José Antonio Carranza exigía dinero a cambio de protección a los comerciantes. 

Ahora vende y trabaja bien en el tren, con el permiso de la brigada del ferrocarril, con la cometa y pisando a otros vendedores ambulantes.

En el andén están en silencio.  Hay aire acondicionado. Tengo frío.

El guarda ahora no tiene gorra, una camisa celeste pero tiene un silbato negro, también tiene un custodio, con camisa blanca y verde, que lo sigue en todas y no para de hablar. Si pasara algo se van a quedar  petrificados, uno tiene empleo y el otro es  tercerizado,  es algo, se van a ir a la otra punta del tren.

Ahora  están en el medio de la formación, a veces caminan hacia donde está el conductor, otras cuando abre la puerta al llegar al andén, se bajan y miran, tienen que doblar la cabeza porque no entran. En el piso dice algo.

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